Talento presente, futuro incierto, etiquetas pretéritas

El cine documental en España actualmente vive en un auge creativo y de reconocimiento, aunque ofuscado por las incertezas económicas del país y arrastrando una división en la definición de la palabra aún por resolver

Crescendo

El cine documental en España está viviendo hoy por hoy, artísticamente hablando, años de buena salud. Provienen de una década anterior trabajada peldaño a peldaño. Por un lado, lo que en 2010 denominamos “off cinema” (1) cada vez es más “on”: crece y además ha empezado a recibir un reconocimiento dentro de nuestras fronteras muy merecido. Por otro lado, el cine documental de modos más clásicos sigue avanzando en su ruta correspondiente.

Uno de los factores que ha cambiado desde que se inició la década, aproximadamente, es la valentía de este primer grupo off en lanzarse a hacer largometrajes. Autores que hasta la fecha se movían en duraciones breves, han necesitado más minutos para expresar sus pensamientos en imágenes. Andrés Duque, Virginia García de Pino, Óscar Pérez, Elías Siminiani, Jorge Tur. Y autores con menos filmografía se han atrevido, a las primeras de cambio, con el largometraje. Xurxo Chirro, Colectivo Los Hijos, Víctor Iriarte, Ion de Sosa. Por citar sólo algunos. Constatar que hay quienes prosiguen sus filmes dentro del cortometraje, como María Cañas o Lluís Escartín, por ejemplo. Estos realizadores tienen en común un itinerario, procedente también de la década anterior, destacado por la crítica en el festival de Las Palmas (D-Generación) y el festival Punto de Vista, encuentro que los enlazaba con la “historia secreta del cine documental en España”.

A través de cánones más ortodoxos se han filmado largometrajes exquisitos como All’ombra della croce de Alessandro Pugno o El foso de Ricardo Íscar, así como documentales muy interesantes y significativos para nuestro país como Ibiza Occident de Günter Schwaiger, Objetivo Braila de José Antonio Quirós o Edificio España de Víctor Moreno. Si bien es cierto que su visibilidad es a veces complicada, se abren nuevas vías de difusión y se aposentan programas dedicados al documental como el presente en el Festival de Cine de Málaga.

El listado de nombres y películas es extenso, no pretendo aquí hacer una selección, sino sólo constatar que existe un amplio núcleo de gente trabajando en los alrededores de esta no ficción, con estilos muy diversos, con raíces locales en el pasado e influencias contemporáneas internacionales, desde las propuestas paisajísticas observacionales de Lois Patiño, hasta el cine de reflexión política de Ramiro Ledo, pasando por el remontaje de archivo de Iván García o la indagación en las memorias íntimas de Francina Verdés… Avanza en estos últimos años la embrionaria y relevante labor de DOCMA, un colectivo de profesionales alrededor del cine documental, que congregan y nutren de actividades este mundo artístico, motor incipiente parejo a los aposentados en nuestros vecinos (Addoc en Francia, Apordoc en Portugal,).

El presente es pues prometedor, abanico de creadores, variedad y riesgo en opciones formales, buenas películas que empiezan a ser reconocidas dentro y fuera de nuestras fronteras. El gran interrogante que flota encima de este auge es económico, no cinematográfico. En un país en grave crisis sin luz en el túnel, en una industria cultural recortada y donde ondea el pesimismo, ¿podrá está emergencia continuar, avanzar, brillar?

Otra financiación para otro tipo de cine

¿Cómo se puede seguir produciendo este cine? El legado del cual viene es económicamente inviable, hecho por amor al arte, anteponiendo siempre por encima del beneficio pecuniario el “beneficio cinematográfico”. De entrada cabe precisar que este “cine documental” está mucho más cerca del “cine de ficción” de presupuesto moderado (cercanía que certifica el reciente y también ascendente festival Márgenes que trata por igual ficciones y documentales en su competencia oficial) que no del “documental” de las televisiones o de los pocos documentales estrenados con cierto éxito en salas, que tienden al producto comercial (Searching for Sugar Man, Malik Bendjelloul) o al escándalo amoral (The act of killing, Joshua Oppenheimer), aventajando sus cálculos de cifras muy por encima de su arte.

El problema económico de esta no ficción, pues, es parte troncal del cine español contemporáneo más libre, enérgico y, actualmente, exitoso. Este otro tipo de cine, sin usar términos de avidez como el de rentabilidad, necesitaría encontrar un equilibrio monetario centrado en términos como el de sostenibilidad. Entre las últimas películas nacidas dentro de su marco encontramos varios tipos de producción poco habituales, quizás sustentables. Sobresale la de Mapa de Elías Siminiani, ya analizada en profundidad (El caso de Mapa, J. Cerdán, M. Labayen, E. Oroz, Revista Telos, octubre 2013). Siminani consiguió un innovador modelo híbrido de producción y distribución logrando seducir a la industria para la creación del documental y convenciéndoles para que se adaptaran a sus características específicas. Otra tipología es la conseguida en Galicia. Se trata de financiación pública a través de concurso, nada nuevo excepto que están amoldadas al presente cinematográfico. Tal y como explica Jaime Pena (“Figuras en el paisaje (Renovación en Galicia)” revista Caimán. Cuadernos de cine, septiembre 2013) el gobierno gallego constituyó una línea de ayudas en 2010 con cantidades de dinero muy moderadas “un máximo de 30.000€ luego reducido a 20.000€” pero que “dieron el impulso necesario para el florecimiento de un cine ajeno a los condicionantes del mercado y a la producción industrial”. Y en sólo estos años, Oliver Laxe, Eloy Enciso, Alberto Gracia y varios otros nombres que están alentando la cultura en el territorio gallego de manera extraordinaria. Estos realizadores han demostrado tener muy buen cine en las venas (prestigio cerciorado por la crítica, por Cannes, por BAFICI, por Locarno, por Rotterdam) y con “cuatro duros” han hecho un jaque al cine de la industria española.

¿No hay en estos primeros pasos certeros una semilla fructuosa? ¿Porqué otras autonomías no han trasladado este fértil modelo de producción gallego a sus instituciones? Para la creación de cine documental es, tal y como se ha llevado hasta le fecha en ese territorio, un planteamiento ideal. Sería imprescindible en España que fórmulas como las citadas o variantes de las mismas se fortalecieran y expandieran, a riesgo de que quede decapitado el auge antes descrito, para que el crescendo no acabe diminuendo o en un frustrante interruptus.

Lastre en la denominación

Hay en España un embrollo en la palabra “documental” entre la gente no cercana al ámbito cinematográfico, confusión que quizás restringe su llegada a un público no especializado. Mientras dentro del cine en la pasada década la denominación se ha ensanchado y fundido hacia otras áreas en un periodo revolucionario, fuera de éste sigue pesando la influencia de los medios de comunicación audiovisuales, que la han estancado en compartimentos diminutos cuando no erróneos. Las cadenas de televisión siguen usando la palabra documental como sinónimo de reportaje y algunas bajo esta etiqueta desarrollan periodismo clasificable de sensacionalista. Desde un punto de vista formal, capan cualquier modalidad que no sea el estándar televisivo (alta velocidad de planos, constante sincronía entre sonido e imagen, voz en off conductora, uso de las entrevistas como principal recurso, herencias decrépitas del direct cinema y el cine-encuesta de los años 60), empobreciendo mucho sus posibilidades expresivas. Desde una perspectiva temática, se decantan sólo por una rama social superficial, sin cuestionamientos hondos al status quo (del que son parte). “El cine documental es antes que nada cine. Se planta frente al mundo tal como es, pero cambia el mundo en cine. En este sentido no hay nada más opuesto al cine documental que el trabajo de los periodistas. El mundo del cine y el mundo de la información son enemigos”, afirma Jean-Louis Comolli (2). Tal vez se debería meditar, desde la crítica y la programación, como girar estas visión del documental hacia calificaciones más justas y precisas para poder mejorar su visibilidad frente a los espectadores.

PD: Demonizar sin más la imagen televisiva puede ser tan sencillo como equívoco. Varios realizadores han constatado que en el frenesí de la generación de imágenes de los medios, en la reordenación de su archivo incluidos hasta los descartes (ver Un mito antropologico televisivo de Bertino, Castelli y Gagliardo, Dupa Revolutie de Laurentiu Calciu, o Raw footage de Aernout Mik) late un trascendente legado del tiempo filmado.

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(1) El territorio “off ” cinema del documental español (M. Martí Freixas, revista Academia, núm. 178, mayo 2011)

(2) ¿Filmar lo real? Jean-Louis Comolli, Corps et cadre. Cinéma, éthique, politique (articles 2004-2010). Éditions Verdier, Paris, 2012. Págs 292-293

Texto original completo. Publicado en Caimán Cuadernos de Cine. Especial Festival de Málaga, marzo 2014.